El tipo no mide más de un metro sesenta de altura y es muy delgado. Cuando alguien, conocido o no, se acerca para saludarlo, es amable y no ahorra en sonrisas. Sus ojos trasmiten franqueza y siempre está bien predispuesto para la foto o el autógrafo que le soliciten. Ese pequeño hombre, que ya supera los sesenta años, inspira algo de ternura y trasmite cierta fragilidad.
Pero cundo ese mismo hombre se cuelga su Les Paul negra de los hombros, se calza lentes oscuros y sale al rodeo, se transforma en un gigante. Parapetado detrás del micrófono, es invencible cundo empuña su arma de seis cuerdas. Plantado en el escenario, sin mayores ademanes ni gestos ampulosos, parece casi intocable. Es que ese ya es su hábitat natural, el lugar donde ha sabido cosechar la admiración de propis y extraños, el sitio donde no siente culpa de hacer ostentación de su enorme talento.
El pasado 16 de diciembre, en el salón del Club Social de Nogoyá (Big John), un pedazo importante de la historia del rock nacional se hizo presente, en cuerpo y magia, para que no olvidemos que, además, es co-poblano nuestro. Si, en buena medida, el rock en castellano le debe su existencia a Kubero Díaz y un puñado de nogoyaenses que, en la década del 60, emigraron a la ciudad de La Plata. Allí, junto a otros jóvenes de distintos puntos del país, conformaron una comunidad llamada “La Cofradía de la Flor Solar” que fue germen fundacional del rock con identidad argentina.
En lo que se denomina “KubeDiaz Trío” es acompañado por dos músicos de amplia trayectoria: Daniel Saralegui (Bajo) y Juan Rodríguez (Batería). Esta es una banda que Kubero alterna con el lugar que tiene como primera guitarra en la banda que acompaña a León Gieco en sus giras. Entregaron un set sólido, conformado por temas propios, en su mayoría. Desde el escenario bajaba energía impregnada de gran profesionalismo y carisma. Fueron dos horas, aproximadamente, que desde el público subieron hasta los músicos, aplauso, admiración, respeto y gratitud.
El tipo, después de entregar todo en su show, se desprendió de su instrumento, se sacó sus lentes oscuros y otra vez en el llano, entre saludos, abrazos, fotos, autógrafos y cena compartida con los músicos locales, volvió a ser ese hombre afable, simple y casi vulnerable que despierta mas admiración con su sencillez. Es que el tipo no necesita chapear, es una leyenda viviente del rock nacional y es nogoyasero.
Felipe Diaz
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