El juego del miedo
No fuimos pocos los que nos sorprendimos cuando el pueblo norteamericano le concedió su segundo mandato a George W. Bush. Tuve la oportunidad de preguntarle el porqué de esta decisión a un ciudadano estadounidense que visitó nuestra ciudad, y corroborar así mis sospechas de que el gobierno de yankilandia había manipulado el miedo de la ciudadanía, imponiendo la idea de que sólo ellos podían controlar y combatir eficientemente al terrorismo internacional. Con el recuerdo de los atentados a las Torres Gemelas fresco, se le concedió al peor gobierno de la historia de Norteamérica, extender su mandato por cuatro años más.
Tiempo después, el entonces presidente de España, José Maria Aznar, trataba de manipular el miedo del pueblo español después de los atentados en la estación de Atocha, mintiendo descaradamente, anunciando que los únicos responsables eran los miembros de la organización separatista ETA. Pocas horas después se descubrió que Al-Qaeda estaba detrás de estas atrocidades, como venganza al alineamiento incondicional del gobierno español con Washington. El desastre electoral para Aznar en manos de Zapatero fue inexorable.
En nuestro país sabemos sobradamente de señores inescrupulosos que, en el ejercicio del poder, manipulan el miedo social en beneficio propio. Para no irnos muy lejos en la historia, tenemos el más cabal ejemplo a la vuelta de la esquina del tiempo, con lo ocurrido durante la última dictadura militar que hizo del terror su política estatal.
En los últimos días, el oficialismo parece haber decidido echar mano a este infame recurso, con Néstor Kirchner como punta de lanza y su mujer Presidente después, proclamando que el 28 de junio próximo, de no salir airoso el oficialismo en las elecciones legislativas, corremos el serio riesgo de volver al desastre del 2001. En el 95, Carlos Menem, hizo lo propio cunado junto con su ministro de economía estrella, Domingo Felipe Caballo, profetizaban el retorno al descalabro del 89 de no ser reelecto para permanecer en la Casa Rosada. Fue así que se impuso el miedo de una sociedad endeudada en dólares, en lo que se conoció como “el voto electrodoméstico” o “el voto licuadora”. Esto pereciera indicar, engañosamente, que en nuestro país todo pasado fue peor.
La oposición también coquetea con el pánico público. Elisa Carrió y sus profecías apocalípticas, De Narváez y su mapa de la inseguridad, Gerardo Morales y su supuesto peligro de la “chavización” del país. Todos van sumando lo suyo para moldear nuestros temores colectivos llevando agua para su molino.
Y como si necesitáramos más, se suman a esta tendencia, los grandes medios de comunicación que se disputan rabiosamente la primicia más shockeante. Desfilan los títulos de menores asesinos, epidemia de dengue, pandemia de influenza porcina, etc., etc., etc. Y se lanzan a la carrera de conseguir el testimonio más espectacularmente dramático. Cuando más alto es el grado de paranoia o psicosis del interlocutor, mejor. Parecen buscar insistentemente la versión propia de Orson Welles y su transmisión radial de “La guerra de los mundos”.
El miedo es un sentimiento muy humano al igual que la tristeza o la alegría. Los expertos en la salud mental opinan que el miedo paraliza y nubla nuestra capacidad de discernimiento. El miedo saca lo peor de nosotros como sociedad y se ha reflejado en el “algo habrán hecho”, en el “yo no sabía nada, en el “voto licuadora”, en el “sálvese quien pueda”, en el “dejen de joder con los derechos humanos”, en el pedido de “mano dura y pena de muerte...”
El que manipula el miedo de otro, en definitiva, lo que está haciendo es ponerlo en un embudo mental, en una encerrona psicológica con algún fin mezquino. El que manipula el miedo de otro es un miserable que no tiene más opción que esa para prevalecer.
Benjamín Franklin dijo una vez: “Los que sacrifican su libertad por su seguridad, no merecen ni libertad ni seguridad…” Muchos años después, un filósofo desalineado, pelilargo y argentino cantaba: “… es mejor tener el pelo libre, que la libertad con fijador…” Tal vez esta política de “meter miedo” no es más que la solapada neo-fórmula para coartar nuestras libertades. Yo quiero un país sin muros ni barbijos… Yo quiero acertar, segura y rápidamente, la ranura de la urna sin temblores miedosos en mi pulso y mi conciencia.
por Felipe Diaz
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