Orgullo Colla
En las dos primeras semanas de anotaciones en su famoso “Diario” de travesía, Cristóbal Colon escribió la palabra “ORO” 75 veces. Así comenzaba una historia de saqueo, despojo y genocidio en el nuevo continente.
Con la bendición del Papa Alejandro VI, un valenciano cuyo verdadero nombre era Rodrigo Borja (Italianizado como Borgia), que había llegado al trono de San Pedro gracias a la “simonía” (Obtención de cargos y jerarquías eclesiásticos por medio de dinero). Este pontífice, que pasó a la historia como uno de los mas corruptos de todos los tiempos, supo de inmediato que la difusión de la religión católica en estas nuevas y bastas tierras traería grandes beneficios materiales.
Con la espada en una mano y la cruz en la otra los “conquistadores” se abrieron paso entre los nativos que, en un principio, los confundieron con dioses.
Fray Bartolomé de las Casas escribiría: “Los cristianos con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños, no viejos, ni mujeres preñadas y paridas que no desbarrigaran. Hacían una parrilla de varas sobre horquetas y los ataban en ella y poníanles debajo fuego. De aquí comenzaron los indios a buscar manera para echar a los cristianos de sus tierras y posiciones en armas”.
Tiempo después de escritas estas palabras, un 18 de mayo como hoy, pero de 1781, era torturado y ejecutado, después de presenciar la ejecución de toda su familia, José Manual Condorcanquis (Tupac Amarú), líder de una rebelión indígena que hizo tambalear al virreinato del Río de la Plata. Le cortaron la lengua, ataron cada una de sus extremidades a caballos que tiraban en distintas direcciones para desmembrarlo. Luego de un buen rato, al ver que los animales cuadrúpedos no conseguían su propósito, los bípedos “civilizadores” se apiadaron de los gritos del reo y decidieron decapitarlo.
Esta historia se repitió miles y miles de veces. Los que no fueron asesinados fueron esclavizados; generación tras generación explotada, maltratada y ninguneada; condenados a no ser.
A pesar de varios intentos, unos mas importantes que otros, los pueblos originarios no pudieron echar a los cristianos. Todo lo contrario. En este continente se llevó a cabo el peor genocidio de todos los tiempos y a nadie pareció importarle demasiado.
Así y todo, actualmente, hay un país en el continente sudamericano que parece despertar de su letargo. Un país en el que los descendientes de aquellos que vieron con ojos incrédulos y asombrados a esos seres pálidos, montados en animales nunca vistos en estas tierras y lustrosas armaduras que reflejaban el brillo del sol sagrado, forman mas del 60% de la población y fueron obligados a sentirse siempre minoría. Es que en este país la llegada a al presidencia de Bolivia de un “Colla”, como le gusta a la minoría llamar despectivamente a esta mayoría , está haciendo un quiebre en la conciencia ciudadana de los sometidos y vilipendiados.
En nuestro país, donde masacramos a los pueblos originarios y, los pocos que quedan de ellos, no ha corrido mejor suerte que otros lugares de Latinoamérica, el gentilicio “boliviano” se usa como insulto… y lo que es peor, todos recogemos el guante y nos ofendemos profundamente si somos tratados como tal. Pero en Bolivia están recuperando el orgullo de ser hijos de la Pachamama.
Esta semana, el diario Página/12 denunció, muy solitariamente, que la extrema derecha boliviana está reclutando mercenarios, entre ellos algunos ex cara pintadas, sin nada mejor que hacer, de nuestro país, para asesinar al presidente que ha cometido, al igual que José Manuel hace 228 años, el pecado de devolverle la dignidad a los verdaderos dueños de estas tierras. Esta misma derecha que reclama consenso y democracia pero, cuando el rumbo que impone la mayoría no les es favorable a sus intereses y privilegios, no a dudado en dar golpes de estado por toda Latinoamérica.
“La venganza del inca duerme en la hoja de coca y despierta en el cuerpo del blanco”, dice una vieja maldición aborigen que sigue ajusticiando a muchos descendientes de aquellos cristianos que, en nombre del progreso, los negocios y las ganancias, cometieron y cometen los peores crímenes contra la humanidad y la madre tierra. Pero este despertar de los hermanos bolivianos, mas que venganza, puede ser el comienzo de una reivindicación largamente esperada. Ojala y los poderosos de siempre no vuelvan a hacer gala de su falta de escrúpulos a la hora de seguir priorizando sus mezquinos intereses. Esperemos que este intento legítimo y democrático no sea desmembrado para hacer tronar el escarmiento en todo el cono sur, como aquel 18 de mayo de 1781.
por Felipe Diaz
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