La avalancha que cayó del cielo
A veces el Inconsciente Colectivo, para no enloquecer, prefiere no ver ciertas cosas y nosotros, Ãnfimos componentes de aquél, nos inventamos historias de guerras frÃas y máximos secretos que sonarÃan divertidas en otro contexto.
Aquà cabe la historia que me propongo contar. Porque a la vista de las evidencias fÃsicas, la proximidad histórica y los contradictorios comunicados oficiales, nos obliga a concluir que sólo una colectiva necesidad de mirar para otro lado puede explicar el vacÃo de ignorancia en que ha caÃdo este suceso.
Situémosnos geográficamente. El caso ocurre en Puente del Inca, un agreste paraje ubicado en la cordillera de los Andes, a cuarenta kilómetros del Aconcagua, la montaña más alta de América y a ciento ochenta de la ciudad de Mendoza, capital de la provincia del mismo nombre. Puente del Inca se llama asà por una formación natural de piedra tallada por la acción erosionante del rÃo Las cuevas, y allà se abren cavernas naturales con termas sulfurosas conocidas desde la antigüedad por los mismos incas, que habÃan extendido tan al sur su imperio, el Tawantinsuyu ("los cuatro rincones del mundo") y denominado a esta "provincia" del sur el "Kollasuyu".
   Décadas atrás, se construyó allà un hotel con galerÃas subterráneas que permitÃan aprovechar aún en el más riguroso invierno esas termas, y GendarmerÃa Nacional, por ser paso fronterizo a la hermana república de Chile, supo destinar allà un destacamento que habrÃa de cumplir un importante papel en este relato.
 Conocà Puente del Inca en el '73, en épocas de gobierno militar cuando los gendarmes impedÃan el paso de civiles al lugar de la acción. En febrero del '92 y camino al Aconcagua pude, en cambio, examinarlo a mi antojo y confirmar las impr4esiones que adelantara en 1978 en mi libro "Triángulo Mortal en Argentina".
En agosto de 1961 esa región estaba aún mucho más deshabitada que ahora, lo que no es poco decir. En el hotel se alojaban unos treinta turistas que alternaban su tiempo en las termas y paseando por el paisaje nevado.
 La madrugada del dÃa 16 un cable alteró las redacciones de los medios periodÃsticos nacionales. Era la reproducción de un comunicado oficial que informaba que una avalancha habÃa arrasado el hotel matando a la mayorÃa de sus ocupantes. Apenas una docena habÃa sobrevivido y las informaciones, fragmentadas a causa (se decÃa) del mal tiempo que dificultaba las tareas de socorro tienen su contraparte: en camino a sus paÃses de origen, un grupo de visitantes extranjeros desmintió la versión de la avalancha; ellos hablaban de una "bola de fuego" que procedente del fondo del valle -en dirección a Chile- y desplazándose horizontalmente se habÃa llevado por delante el edificio y retomando luego altura se perdió entre las estribaciones cordilleranasw.
 Horas después, un comunicado de GendarmerÃa (que rápidamente acordonó el lugar, manteniéndolo lejos de miradas indiscretas por veinte años) sustentaba la "hipótesis del meteorito". Pero, ¿dónde estaba éste?. Aún más: ¿quién ha visto un meteorito que vuele horizontalmente y luego se eleve?.
   ¿Qué pasó a partir de allÃ, se preguntarán ustedes?. Pues nada. Durante los gobiernos militares en Argentina nunca fue saludable preguntar demasiado y en el pasado, los interregnos democráticos siempre tuvieron las sombras de uniformes planeando sobre ellos. Pero yo recordaba otras cosas.
 Recordaba setiembre del '74, en que un poblado de TurquÃa fue arrasado en similares circunstancias, falleciendo tres personas (el famosÃsimo caso de Saladare). En esa ocasión, el OVNI (pues de eso se trataba, al fin y al cabo) incluso se detuvo unos segundos sobre una carretera, fundiendo el asfalto en una dilatada extensión.
 Recordaba los relatos de indÃgenas del norte argentino, sorprendidos por el paso de los aviones pero impertérritos ante las "pahuas chascas" ("estrellas voladoras2, en quechua), lucesw misteriosas que durante siglos -según contaban- bajaban y ascendÃan de los cerros.
   Caminé mucho por las ruinas del hotel y dos detalles terminaron de cimentar mi teorÃa del OVNI.
1) La distancia del hotel a los cerros, que exigirÃa una masa de nieve imposible de acumularse para, tras subsistir al recorrido de esa distancia, provocase una catástrofe de tal envergadura.
2) Fundamentalmente, la parte destruÃda de los edificios mira hacia el interior del valle, mientras que las espaldas del hotel se encuentran relativamente intactas y no al revés, como hubiera sido dable esperar si la avalancha se hubiera precipitado de las montañas. Porque, que yo sepa, ninguna de aquellas se hubiera paseado desde el cordón montañosos del otro lado, atravesando la planicie, sorteando rÃos y profundos cañones para "atacar" por el frente a la construcción.
Si han habido otras evidencias, los militares se encargaron de llevárselas, o los habitantes de la incipiente aldea que ha nacido acotando el par de hosterÃas para montañistas las confundieron al emplear parte de los restos como materiales improvisados de construcción. Sin embargo, casi cuarenta años después la pregunta sigue flotando en el valle, entre el susurro del "viento blanco" y los espÃritus incaicos:
¿Qué fue lo que arrasó el hotel?.
   Yo creo conocer la respuesta.
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